3. El Hijo de Dios no tiene ego. 2¿Qué puede saber
él de la locura o de la muerte de Dios, cuando mora en Él?
3¿Qué puede saber de penas o de sufrimientos, cuando
vive en una dicha eterna? 4¿Qué puede saber del miedo
o del castigo, del pecado o de la culpabilidad, del odio o del ataque,
cuando lo único que le rodea es paz eterna, por siempre imperturbable
y libre de todo conflicto, en la tranquilidad y silencio más
profundos?
4. Conocer la realidad significa no ver al ego ni a sus pensamientos,
sus obras o actos, sus leyes o creencias, sus sueños o esperanzas,
así como tampoco los planes que tiene para su propia salvación
y el precio que hay que pagar por creer en él. 2Desde el punto
de vista del sufrimiento, el precio que hay que pagar por tener fe
en él es tan inmenso que la ofrenda que se hace a diario en
su tenebroso santuario es la crucifixión del Hijo de Dios.
aY la sangre no puede sino correr ante el altar donde sus enfermizos
seguidores se preparan para morir.
5. Una sola azucena de perdón, no obstante, puede transformar
la oscuridad en luz y el altar a las ilusiones en el templo a la Vida
Misma. 2Y la paz se les restituirá para siempre a las santas
mentes que Dios creó como Su Hijo, Su morada, Su dicha y Su
amor, completamente Suyas, y completamente unidas a Él.